La mujer todavía no es deseada

La mujer que está en el centro de la habitación no está siendo deseada por quien la mira. Sin embargo, la mira. Y es en ese acto que se refugia la mujer que se ovilla en las sábanas tumbada en el suelo. Se cubre los ojos con una venda, pero la venda no está suficientemente fuerte y, si los abre, puede ver toda la habitación. Por la ventana entra la claridad de la noche y también el oleaje de la playa. No está siendo deseada por quien la mira, pero quien la mira está deseando el cuerpo que estuvo sobre ella hace apenas unas horas. El cuerpo que estuvo sobre ella hace apenas unas horas ha sido violento y brusco, cruelmente sexual. Es eso lo que desea el hombre que mira a la mujer. Más que a la mujer, su muerte.

Mariposas de finales de febrero

Tengo dos mujeres. Una está barriendo la entrada de su casa y no tiene tiempo para las mariposas de la capilla. La otra tiene los bolsillos llenos de nieve y oye el aletear de unas mariposas sensuales pero no tiene tiempo para barrer la entrada de su casa. Una se llama Ana y la otra Otilia. Pero no sé cuál es cuál. De todos modos, ninguna me pertenece todavía. Sólo si las uno en un sólo punto pueden formar una mujer con un único apellido, el inventado. Mientras, en la capilla hay unas mariposas que esquivan los copos de nieve con maestría, mientras afuera un señor, sentado en un parque y observando amorosamente las ramas de un árbol, piensa que pronto estará muerto. Seré un fiambre, dice.

El pelo oscuro es inflamable

La niña se ha cortado el pelo, desobedeciendo, y ahora ya no es hermosa. Lo es más. Ha creído que su bonita cabellera très belle la iba a rescatar del olvido en la que sus dos demonios la tenían sumida. Y así ha sido. Ha sido rescatada por los dos demonios, le han apretado las trenzas que ya no reposan en sus hombros. Le han acariciado la calva. Es una niña todavía, no controla sus emociones. Ahora ya tampoco controla sus rizos. Encima de un pequeño monstruo con caderas de mujer respondona reposa su pelo. Ella no lo sabe, pero será lo último que prenda en el incendio.

La casa que se quema es la tuya

Una casa está quemándose y se han equivocado al darle a la alarma, quedando como válida una casa que no está quemándose y que es la nuestra. Algo así pasa en el libro que estoy leyendo. Aunque a su vez están pasando otra infinidad de cosas, como que Dorcas es la mujer del hombre al que amo y la acabo persiguiendo. La sensualidad es algo que no me arrebatan tan fácilmente, y la llevo como mi cuerpo me va dando a entender. Amar a una hija que no es mía tampoco es algo que me puedan negar. Así es. La casa que se quema es la tuya. La hija que se muere no es la tuya. Pero huele a humo y a muerte de todas formas. Habrá que pagar la cuenta del incendio. Nunca entendiste esa frase. Por eso tuve que dejar de amarte y perseguir a mujeres que se llaman Dorcas y que se casaron antes que yo con el hombre al que amo.

Ése es nuestro consuelo

Si amas a un hombre casado,
mantienes una relación especial,
secreta y callada con su esposa.

JOYCE CAROL OATES

Es lamentable, es terrible. Somos bestias, ése es nuestro consuelo. Nuestra justificación para no caer rendidas ante una frase que nos va a descubrir nuestro lado más salvaje y primitivo. Si amas a un hombre casado, estás también amando a su mujer. Mantienes, sí, una relación especial con ella. Y la maldices, pero también la amas. Y a través de ese hombre al que crees amar, el que cree estar casado, empiezas a tocarle las piernas, y también a besarle la boca, y le miras los ojos y te recuerdan a otro hombre casado que ya no es el tuyo, y sabes que no te ha pertenecido y que muy probablemente no va a hacerlo. Pero de pronto ya está, estás persiguiéndola por corredores de la muerte y alguien te persigue y te dicta que sigas tras ella, que no la abandones. El hombre casado queda en medio. Queda en medio, y se queda absolutamente solo.

Hermanas gemelas de Bette Davis: I


Se murió, la muy niña.
Se nos murió a todos la sirena.

AINIZE SALABERRI


En realidad, no sé. En realidad no debía preocuparse. Las niñas que son rubias de pequeñas, después se hacen grandes y son casi morenas. Castañas. No se tenía que preocupar tanto, en realidad, porque yo después me iba a poner morena como ella. Pero le daba rabia, lo del pelo. A mí me daba igual. Me daba un poco lo mismo parecerme a mamá o a papá. A papá lo miraba por las noches en una retrato que había en un mueble del comedor. Un mueble que mamá mostraba a las visitas como si fuera un diamante y al que cuidaba como si fuera una persona. A veces se pasaba horas pasándole un trapo húmedo, porque decía que poníamos las manos encima y se quedaban las huellas y así, con la luz que entraba por la ventana, se veía sucio. Sucísimo. Miraba aquel retrato y pensaba: papá. Algunas noches cuando cerraba los ojos para irme a dormir, pensaba que se me olvidaría su cara, a fuerza de ausencias. Pero no se me olvidaba, porque yo la miraba y podía verle ahí. Y más bonita, porque ella era un poco más bonita que papá. Le daba rabia, pero a mí me gustaba. Un día me lanzó el retrato al fondo de la piscina. Y le había atado una piedra con un cordón de zapatos (que después el zapato iba sin el cordón, y se le caía, pero no decía nada porque mamá, uf, mamá se habría puesto hecha una furia), para que se fuera hasta el fondo. Ahora si le quieres vas a saltar al agua, aunque te dé miedo. Pensé que no quería yo tanto a papá como para eso, pero me dio vergüenza reconocerlo. Me tiré al agua. Y después abrí los ojos y no veía nada, y los ojos después rojos, rojos. Rojos de verdad. Pero yo intentaba ver dónde estaba el retrato, pero estaba borroso, borroso. Más borroso que cuando lloras y no entiendes la realidad. No sabía qué hacer, excepto, por instinto, contener la respiración. Me dejé como si estuviera muerta, porque pensaba que me iba a morir, y acabé flotando. Y ella me dio la vuelta y me dio un beso en la boca, porque se había asustado. Me has asustado. Estaba enfadada, pero que muy enfadada conmigo. No paraba de decir que la había asustado. El retrato de papá estuvo algunas horas ahí en el fondo de la piscina, pegado a una piedra, y en ese rato yo me olvidé de su cara y pensé que nunca más lograría recordarle. A no ser que le viera, pero tampoco tenía muchas ganas. Bueno, podría mirarla a ella y pensar que era lo mismo pero menos bonito. Papá era menos bonito, aunque era bastante bonito. Por ejemplo, cuando salí del agua mi pelo no era rubio. Me has asustado. Ni media palabra a mamá. Entonces me asusté yo un poco, porque la palabra mamá me sonaba extraña. Como cuando dices mucho vaso. Vaso, vaso, vaso, vaso. Y al final no sabes bien qué significa. Sí lo sabes pero es diferente. Es una palabra nueva, y en realidad no significa vaso. Vaso, vaso. De repente mamá me sonaba a vaso un millón de veces dicho en voz alta. Mamá, vaso, mamá, vaso. Ninguna de las dos palabras era ya mamá o vaso. No sé qué eran.

Imagen: Virginia and Adrian Stephen

Las hermanas Lucas: III



No quiero que me traigas más flores.

Victoria se preguntaba de dónde diablos había sacado esa frase. Y también a quién se la decía. Y de qué flores estaba hablando. Sin embargo, le sonaba como si ya la hubiera escuchado antes. Ella también podría haber dicho esas palabras, en ese orden, como en un recuerdo. No sabía cuál.

María le había dicho al gato Mussi no quiero que me traigas más flores. Pero no había gato ni flores. Está familiarizada con esas palabras. Cuando juega con sus muñecos, muchas veces reproduce esa frase exacta. Una vez le preguntó a su maestra, cuando todavía le costaba un poco escribir, cómo se ponía no quiero que me traigas más flores. La profesora se lo dibujó en una hoja del cuaderno y a María le parecieron las palabras más hermosas del mundo.

La muñeca recortable le dice a un bote de jabón: no quiero que me traigas más flores. Y el bote de jabón se marcha y suelta un poco de líquido, que es como si llorara.

Victoria quería recordar de dónde salía aquello que parecía, incluso, de tan familiar, una canción popular. Por supuesto no podía reconocer que la había espiado aquella mañana, así que tenía que averiguar cómo hacerlo.

Por la tarde esperó a María una calle por encima del colegio a que saliera. Igual que antes de llegar le soltaba la mano y se adelantaba, al salir corría hasta allí, y sólo desde aquel punto se la volvía a coger. Esperó y esperó y esperó y esperó.

Esperó más.

María no aparecía por ninguna parte. Victoria pensó que le habría pasado algo. A lo mejor la habían castigado en el colegio y todavía no había conseguido salir. Volvió. El colegio estaba cerrado. Se asomó por la ventana de la clase de su hermana. No había absolutamente nadie. El conserje había dejado una nota que decía que salía un momento a hacer un encargo y no volvería en dos o tres horas (ponía la hora a la que lo había escrito, para no dar lugar a confusión). Victoria se sentó donde se sentaba el gato Mussi y esperó.

Nadie.

Tenía ganas de llorar. Sólo tuvo ganas de llorar una vez cuando su madre le obligó a comerse la sopa y ella no tenía hambre. Le ponía la cuchara en los labios, apretando, y le tocaba los dientes. No quería sopa. Le dio una bofetada y se levantó de la mesa. Antes de que pudiera dar un paso, su madre la cogió por el hombro y la volvió a sentar.

Come.
Come, come, come.
Mira tu hermana qué bien se está tomando la sopa.

Aquello la hirió profundamente. Su hermana, que parecía una estúpida comiendo, que la sopa se le caía de la cuchara al plato y se la volvía a comer. Le daba asco verla comer. Aquella noche no tenía hambre. Nunca en su vida había tenido tan poca hambre como aquella noche. Si tuvo ganas de llorar era sólo porque mira tu hermana qué bien se está tomando la sopa.

Ahora tenía ganas de llorar otra vez. No sabía dónde estaba María. No era por eso que quería llorar. No sabía por qué, pero por eso no. Sentada donde el gato Mussi, vio aparecer a su madre, que venía corriendo a buscarla. Ella sí estaba llorando.

En su casa todos se atrevían a llorar menos ella.
Mira tu hermana qué bien llora.

Imagen: B. Berenika